Aire

Publicado el 22-06-2020  en nueva normalidad

Aire en cantidad

Cada uno de nosotros consume alrededor de 8.000 litros de aire cada día. Así, sin pensarlo. El aire es el mejor ejemplo de obnosis, que decían los griegos; algo tan obvio, tan fácil de obtener que nos olvidamos de su importancia, que solo le damos valor cuando nos falta.

Para los más de ocho millones de afectados por el covid-19, la toma de conciencia del valor de ese aire que respiramos ha sido brusca, dolorosa y, para muchos, trágica. Pero todos los demás nos hemos visto afectados en mayor o menor medida. Todos hemos vuelto a pensar y hablar de ese aire que nos era tan invisible hace apenas tres meses.

Hemos hablado del aire que costaba respirar a los pacientes, de la escasez de respiradores en los hospitales, del aire cada vez más limpio de nuestras ciudades inmovilizadas, de un ciudadano negro también inmóvil, sin aire, en el suelo, que ha prendido la mecha de otra toma de conciencia global. Hemos hablado de que “nos ahogábamos” encerrados en la misma casa durante meses, de la “asfixia” de nuestras empresas, de los nuevos aires digitales del teletrabajo, del aire que debe correr entre dos personas que se hablan, porque el peligro, nos han dicho, está en el aire.

 

Aire en calidad

Tal vez el mejor símbolo de esta recuperada relevancia del aire sea precisamente la mascarilla que todos estamos obligados a llevar en todos los momentos públicos de nuestra vida. Cuando comenzó a extenderse la enfermedad la mascarilla solo podía ser de dos tipos: la que había o la que no había.

En ese momento lo único que de verdad importaba era protegernos, cuanto más mejor. Semanas después esa emergencia por falta de suministro parece haberse superado. Allá donde posemos la vista alguien ofrece mascarillas, así que podemos elegir cuál queremos usar. ¿Esas que parece llevar todo el mundo, las quirúrgicas desechables? No es que sean muy bonitas, pero cumplen con lo esencial, aunque después de varias horas de uso, y más si hace calor, resultan algo agobiantes, dicen.

¿Las FFP2 o KN95, entonces? Dan más seguridad a simple vista, con ese pliegue vertical del frente, y claro, eso se paga un poco más caro. Tanto unas como otras, eso sí solo sirven para un uso. Y como están fabricadas fundamentalmente con derivados del plástico, a razón de una por día, ahogamos poco a poco a nuestro planeta con toneladas de material no biodegradable que arrojamos a la basura. Y eso cuando no las tiramos directamente al suelo.

Por suerte, existen las mascarillas de tela que se pueden lavar y reutilizar, las que recomienda el ministerio, además. Su impacto medioambiental es muchísimo menor que el de las desechables, claro. Si todos las usáramos el planeta podría respirar un poco más tranquilo. Pero, ¿y nosotros?

Entramos en una nueva fase de la realidad transformada por el impacto del coronavirus. Toca hacerse preguntas que no nos podíamos ni queríamos hacer bajo el shock inicial. Una de ellas especialmente obvia y, quizás por ello, invisible. Esa tela con la que nos tapamos nariz y boca durante muchas horas al día… ¿de qué está hecha?

Elegimos la mascarilla como si fuera una prenda más, fijándonos en su precio, comodidad o diseño. Pero en realidad la mascarilla es un filtro del aire que respiramos. El material del que está hecha se diluye bocanada a bocanada en esos 8.000 litros de aire que respiramos cada día. ¿Cómo es posible que no nos preguntemos qué es lo que nos estamos metiendo en los pulmones? No será tan letal como un virus. Pero quizás tampoco tan saludable como pensamos cuando ni siquiera nos paramos a pensarlo.

 

 

foto: yoann boyer - unsplash

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