El verano de nuestra vida

Publicado el 30-06-2020  en cuidarnueva normalidadprotegerrecursos humanosvacacionesverano


Comienza la Operación Salida. La primera en mucho tiempo en la que puede que sepamos a dónde nos dirigimos pero no a dónde volveremos cuando terminen estas primeras vacaciones de la nueva normalidad.

A la vuelta de dos meses se plantea el desafío más importante de este crucial 2020. Más que preparar las vacaciones, este año toca dedicar especial atención a preparar el regreso. Si lo que nos espera en nuestros trabajos y centros de estudio es fundamentalmente vigilancia y control, enmascarados de protección, estaremos perdiendo la oportunidad de transformar para bien los distintos ecosistemas de nuestra sociedad. La diferencia entre protegernos y cuidarnos es la misma que entre temernos y querernos o respetarnos. Es la enorme distancia que separa el amor del miedo. Y se hace notar en los grandes y en los pequeños detalles por igual, y quizás en estos últimos aún más.

Para una empresa, una mascarilla es un coste más. En términos cuantitativos lo que tendrá en cuenta será precisamente el poder cumplir con la ley al menor coste posible, tanto económico como, por supuesto, los que se derivan de los riesgos de enfermedad. Para el próximo otoño, la mayoría de las organizaciones se está pertrechando de mascarillas que cumplan con esas premisas. Las KN95 son el aparente referente, porque así no parece haber margen de error. Nadie despidió nunca a un ejecutivo por contratar a IBM, dice el refrán empresarial.

Sin embargo, las decisiones de despacho rara vez pasan por ese incómodo trámite de situarse por un momento en “la vida real”. Y ahí es donde radica la diferencia, entre “predicar y dar trigo”, entre decir que se piensa en las personas (los empleados, los clientes) y pensar en las personas; en definitiva, entre proteger(se) y cuidar(nos).

No hacemos más que escuchar comentarios de empleados de estaciones de servicio, de hoteles y restaurantes, de servicios de limpieza, de mostradores de atención al cliente… de gente que está entre cuatro y ocho horas cada día llevando mascarilla… sobre lo incómodo y agobiante que supone llevar una quirúrgica en la cara todo ese tiempo. El calor, el sudor, la dificultad para respirar con naturalidad… Y sin embargo, los responsables de recursos humanos y/o compras de las empresas españolas parecen empeñados en mirar una y otra vez en la misma dirección. Parecen hacer oídos sordos a voces que, ahora de un modo evidente, suenan amordazadas.

¿Por qué no pensar en la solución sensata, natural, que no solo protege sino que nos ayuda a cuidarnos? ¿Por qué no acudir desde el principio a las mascarillas de tela lavables y reutilizables, fabricadas en tejidos cuanto más naturales mejor? ¿Por pereza mental, por seguir la corriente, por comodidad?

Comprar masivamente mascarillas quirúrgicas, del tipo que sean sin pensar en las consecuencias de su uso, es justo lo contrario a cuidarnos, justo lo opuesto a lo que se dice que se quiere conseguir. Y así hay que decirlo, tanto como sea posible, a tanta gente como sea posible. Una empresa española que compra para sus empleados mascarillas desechables, hechas de plástico y derivados, fabricadas mayoritariamente en Asia, puede que nos esté protegiendo pero desde luego no nos está cuidando. Ni está cuidando nuestra calidad de vida, de respiración, ni está cuidando el medio ambiente, ni tampoco la recuperación económica de nuestro país. Simplemente está ayudando a cumplir la ley, como hacemos todos.

Contribuir a hacer una sociedad mejor es lo que marca la diferencia entre las organizaciones, las empresas, las instituciones. Cada día es más evidente -ahí está el “black lives matter” como muestra- que proteger no significa necesariamente cuidar. Cuidar es algo más grande, más ambicioso, más generoso, más cercano, más humano. Pensémoslo de vez en cuando, cada vez que veamos una mascarilla desechable en la orilla de una playa o al borde de un sendero, en qué medida queremos contribuir a un mundo que respire mejor o peor cada día.

 

 

photo: melissa askew - unsplash

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